Ibuprofeno

No había tenido mucha resaca, teniendo en cuenta que había sido el padrino en una boda que duró más de trece horas, y había brindado con cerveza, vinos, cava, gin tonics y más cervezas al final. Y sin embargo, se sentía aplastado por la resaca emocional: porque al carrusel de emociones propio de una boda, de la familia con la que se reencontró después de años, de charlas, bromas, risas y llantos con gente nueva y vieja en su vida, tenía que añadir el estacazo que se acaba de llevar de alguien que, en realidad, había demostrado que no merecía la pena. Y luego estaban Sus mensajes. Aquellos mensajes que parecían querer decir mucho pero que no decían casi nada, y que le dejaban tan impotente y bloqueado que casi necesitaba gritar y romper cosas. Porque responderle y decirle cuánto le habría gustado tenerla allí a su lado, ya no era una opción.

Así que si los domingos ya eran una mierda de por sí, aquel domingo le estaba resultando especialmente mierdoso. Porque la maldita resaca que tenía no se quitaba con un ibuprofeno.